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Mama Antula, la primera escritora argentina

El gualeguaychuense Pedro Luis Barcia investigó y analizó parte de las numerosas cartas que escribió nuestra santa y asegura que su figura demuestra ir más allá de la esfera religiosa por el valor literario e histórico que contiene su obra epistolar.

Pedro Luis Barcia, gualeguaychuense y reconocido lingüista y expresidente de la Academia Argentina de Letras, contó los detalles del trabajo que realizó tiempo atrás estudiando la nutrida correspondencia que la santa argentina mantenía con figuras eclesiásticas y políticas del Nuevo y el Viejo Mundo.

Barcia fue profesor durante muchos años en la Universidad Nacional de La Plata, donde dictó clases de Literatura Argentina I y II, abarcando amplios períodos de la historia literaria del Río de la Plata. Investigando periódicos y revistas del siglo XIX, logró rescatar material olvidado y arrojar luz sobre distintos personajes históricos. Pero fue a raíz de su lectura del jesuita cordobés Pedro Grenón que tomó contacto con la figura de María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida como Mama Antula, y se propuso indagar en una faceta poco conocida de la santa.

“Descubrí su figura como autora de cartas y, con la frecuentación de las mismas, advertí que era la primera escritora en la Argentina, desde el siglo XVIII en adelante”, contó Barcia, y explicó que su interés fue a partir de una frase de Grenón que decía que (Mama Antula) no había sido incorporada en nuestra literatura y que había que encontrar los fundamentos para que se la reconozca como la primera escritora argentina en lengua española. “Precisamente eso hice en un trabajo que publiqué hace 25 años, en un congreso de la Universidad Católica de Buenos Aires. Era la primera vez que alguien fundamentaba la calidad de escritora y de primera escritora de María Antonia”, señaló.

Un modo particular de escribir

El material al que tuvo acceso Barcia consistía en cartas que María Antonia enviaba a sus amigos jesuitas exiliados, a los administradores del gobierno de Buenos Aires y su obispo, al Virrey Vértiz y a otras personas. En ellas, encontró rasgos de la escritura que llamaron su atención: “Mi sorpresa fue descubrir que las cartas estaban escritas en un estilo fluido, natural, sin afectaciones, muy curioso en el siglo XVIII, donde había generalmente uso de erudición y de citas. Ella cita únicamente a dos autores, que son Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola, en todas las cartas que yo alcancé a analizar, que fueron más o menos 40 cartas”.

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Barcia explicó que, en aquella época, la correspondencia se consideraba una forma de comunicación social muy importante, por lo que se publicaban verdaderos manuales de literatura epistolar con instrucciones de cómo debía ser la introducción de las cartas, cómo debía ser el trato, qué nivel debían tener, etcétera. “Creo que María Antonia no consultó nada de esto, sino que se manejaba con espontaneidad, la cual es una de las riquezas más importantes de su obra escrita; la fluidez natural para expresarse y comentar cosas simples y cotidianas”, señaló.

Y agregó: “En las cartas no se encuentran casi refunfuños o protestas contra las dificultades que tenía. Ella las expone para que se sepa contra qué tenía que luchar en su vida de expansión de los ejercicios (ignacianos), pero no se detiene en lo que llamaríamos hoy ‘comidillas de pasillo’. Tampoco se mete a hacer lujo o citas de autores. El resto de sus lecturas que, sin duda no fueron pocas, no las exhibe. Escribía con naturalidad, sin afectación y sin interés de aparecer como bachillera”.

La difusión de sus palabras

Otra curiosidad de las cartas de Mama Antula es que su mensaje trascendía a sus destinatarios originales, llegando en múltiples traducciones a miembros de la diáspora jesuítica al otro lado del océano, siendo una de sus lectoras la famosa zarina Catalina II de Rusia, a quien le facilitaban copias traducidas al ruso y al francés. Otras tantas fueron versionadas en italiano, inglés y alemán. Según explicó Barcia, esta difusión se debe a que “los jesuitas tenían un sistema muy particular que consistía en anoticiar de las novedades a todo el mundo que participaba de su comunidad, realizando cartas en las que sintetizaban todo lo descubierto, lo investigado, lo trabajado durante un año. Algo parecido hicieron con su obra; es decir, traducían a todas las lenguas modernas -inclusive al latín- las cartas que recibían de una mujer en el extremo sur de un continente que mantenía vivo el espíritu de los ejercicios espirituales y que daba noticias de cómo los iba trabajando”, señaló.

“No existe ningún escritor en toda Hispanoamérica que haya tenido una difusión tan grande, en lenguas tan diversas por todo el mundo, como las epístolas de María Antonia. Esto no quiere decir que estas cartas sean superiores a otras, sino que por el sistema jesuítico en el que se crearon, tuvieron esta enorme difusión, que no tiene par en otros escritores del siglo XVIII y aun en el XIX”, aseguró Barcia.
Esta particularidad y relevancia dentro del mundo jesuítico y letrado no pasó desapercibida a sus contemporáneos. “Por eso es que se publica, en vida, una biografía y una antología de sus escritos”, indicó el lingüista, agregando que esto constituye “otro hecho insólito en lo que es el marco de la literatura española en Argentina, donde no se hacían perfiles biográficos de autores ni antologías en el siglo XVIII”.

Lejos de ser un caso cerrado

Además del corpus que analizó Barcia, existen más cartas escritas por la santa. Una gran cantidad de ellas (alrededor de 300) se encuentran actualmente en manos del Archivo del Estado de Roma; otras, que estaban guardadas en la Curia Eclesiástica de Buenos Aires, corrieron peor suerte y se perdieron con el incendio del edificio durante la quema de iglesias de 1955 (uno de los incidentes que siguieron al bombardeo de Plaza de Mayo).

Sobre las epístolas de Roma, Barcia comentó que “lo que ahora se espera es que algún filólogo joven estudie estas cartas, las publique y haga un análisis literario”.

Por otra parte, el lingüista también considera factible que algunas misivas hayan sido conservadas por las familias de los destinatarios: “Posiblemente muchas cartas se han perdido y no hay que desesperanzarse porque en esto a veces el azar es mejor archivero que cualquiera y hace saltar de golpe un conjunto de obras contenidas en una biblioteca personal”, observó.

María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida en su tierra como “Mama Antula” (“Mamá Antonia”, en quechua), nació en 1730 en Santiago del Estero en el seno de una familia acomodada que pudo brindarle una buena educación. Con tan sólo 15 años decidió convertirse en “beata” (lo que actualmente se conoce como laica consagrada), y durante dos décadas estuvo al servicio de la Orden Jesuítica, asistiendo en las tareas auxiliares de sus ejercicios espirituales. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, la religiosa mantuvo el contacto con sus amigos de la orden a través de la correspondencia y continuó con su tarea evangelizadora recorriendo -a pie y descalza- el vasto territorio virreinal.

Las cartas, un recurso invaluable para conocer la historia

Sobre las características que hacen al material epistolar una fuente preciada de información, Barcia expresó: “Lo que tiene de bueno es que como generalmente es de orden privado, revela instancias poco conocidas y frecuentes, no mencionables a veces, de la vida cultural de un país. La carta es confidencial habitualmente, se maneja en un plano de comunicación directa y espontánea, y esto es un aporte enorme para detalles familiares, íntimos o de la vida cotidiana de la cultura de un pueblo”, añadió.

A diferencia del diario íntimo, que no posee más destinatario que quien lo escribe, para Barcia, la carta “comenta situaciones más generales de las relaciones humanas, y suele ser una cantera más importante para los estudios de la vida cotidiana de una cultura”. “Los aspectos del estudio o la historia de la vida cotidiana se han instaurado recién en la posmodernidad como una línea de estudios históricos y encuentra una cantera muy importante también en la epistolografía”, detalló.

 

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